martes, 11 de marzo de 2014

Julian (cuento)


Julián


En un pequeño pueblo del valle, vivía Julián.

Julián era un hombre sencillo de mediana edad, sin grandes ambiciones, conocido en todo el pueblo por su gran amabilidad. Había trabajado desde joven como enterrador en el cementerio del pueblo, oficio que heredó de su abuelo, pues no había conocido a su padre.

Cuando alguien le preguntaba porque no trabajaba en otra cosa, algo que fuese mejor pagado y no en ese lúgubre lugar, Julián siempre respondía lo mismo.

-El trabajo de enterrador es sencillo, disfruto de cuidar los jardines y podar los rosales, además, me deja mucho tiempo libre para disfrutar del paisaje y poder pintar-

Es tradicional, que en los pueblos pequeños ubiquen los cementerios en lugares hermosos, es una forma de que los que amamos y ya partieron disfruten desde su descanso.

Y a Julián le encantaba pintar ese hermoso paisaje, el prado, el camino bordeado de cipreses, más allá la silueta del pueblo, con sus tejados a dos aguas y el campanario y al fondo las montañas que abrigaban el valle.

Una y mil veces, Julián había pintado el mismo paisaje en sus ratos libres, una vez terminaba un lienzo, empezaba otro, con la sutil diferencia de colores, que marcaba cada cambio de estación. El cielo despejado con un sol radiante en verano, las hojas caídas y el tono rojizo en otoño, el cielo gris y cumbres nevadas en invierno, y el prado lleno de flores y las golondrinas en primavera.

Así de placida y tranquila transcurría la vida de Julián. Hasta un triste día de abril, en que Julián tuvo que enterrar al viejo Gobernador, que era su jefe y amigo, tras su repentina muerte. El mismo día del entierro, la noticia corrió por el pueblo como la pólvora.

-Desde la capital van a mandar un nuevo gobernador- decían algunos

-Dicen que es un hombre joven, con ideas nuevas para desarrollar el pueblo- decían otros.

Y así llego el joven Gobernador y en verdad tenía grandes proyectos, modernizó la escuela, implementó la biblioteca con libros nuevos y remodeló el centro médico, todo el pueblo estaba contento.

Cierto día, el gobernador mando llamar a Julián y cuando este llego hasta su despacho, le pregunto por el registro de vecinos enterrados en el cementerio.

-No hay tal registro- dijo Julián - solo las lapidas recuerdan a nuestros difuntos-

-¿Cómo es posible eso? - dijo el gobernador sorprendido.

- Aprendí este oficio de mi abuelo y la verdad nunca se ha llevado un registro - dijo Julián.

- Los tiempos cambian amigo Julián, desde hoy tiene que llenarse una ficha con el nombre completo, año de nacimiento y día de defunción, de cada vecino que se entierre en el cementerio.

- Verá… - dijo Julián, pero el ímpetu del gobernador le interrumpió sin casi escucharle.

- Además, desde hoy debe ponerse todo al día, así que debe usted hacer una ficha de cada difunto enterrado en el pasado, tomando los datos de su lapida- dijo el gobernador.

- Verá señor gober…

- En estos tiempos que corren – interrumpió el gobernador – todo tiene que estar registrado 

- No puedo hacerlo, señor gobernador – dijo Julián con la voz apagada.

- ¿Por qué no? -  pregunto el Gobernador.

- Vera, es que yo no sé leer ni escribir – dijo Julián avergonzado.

- Pero cómo es posible - el Gobernado guardo silencio unos instantes y dijo - Como usted comprenderá, no puedo contratar a otra persona para que haga ese trabajo y lo lamento en esas condiciones, no puedo darle trabajo a usted-

El gobernador le pago una buena indemnización por los años trabajados y Julián perdió ese día su trabajo, el único que había realizado en su vida.

-¿Qué voy a hacer ahora? - se preguntaba Julián.

Cierto día un vecino buscó a Julián corriendo, para informarle que en el pueblo vecino el enterrador estaba muy enfermo, tanto que podía morir y que tal vez allí le diesen trabajo.

Julián hizo una pequeña maleta, metió lo elemental para vivir y por supuesto sus pinceles y pinturas, jamás dejaría sus herramientas tan queridas, Y salió camino al pueblo vecino.

Al llegar se dio cuenta que efectivamente el enterrador de ese pueblo estaba en cama gravemente enfermo. Se presentó ante las autoridades y le dijeron.

-Vienes como caído del cielo, precisamente acaba de fallecer una anciana y nuestro enterrador no podrá enterrarla-

Así Julián consiguió trabajo, al menos de forma provisional. Y  volvió a disfrutar de la soledad y tranquilidad del cementerio, volvió a cuidar los jardines y podar los rosales. Pero Julián era un hombre noble y en sus ratos libres visitaba la casa del enterrador enfermo y le hacía compañía, lo cuidaba y le contaba cómo iban las cosas propias del cementerio.

Poco a poco el enterrador enfermo se restableció y cierto día pudo volver a trabajar.

-Lo lamento amigo - dijo el enterrador - te agradezco tus cuidados, pero deseo recuperar mi trabajo, no sabría qué otra cosa hacer-

-Te entiendo amigo - contestó Julián - solo te pido que me permitas pintar un lienzo con el hermoso paisaje que rodea el cementerio.

Así Julián se quedó unos días, pintando y disfrutando del paisaje y la compañía de su nuevo amigo. Al terminar su obra empacó su pequeña maleta, envolvió su cuadro y poniéndolo bajo el brazo decidió volver a su pueblo.

Ya en el camino, Julián se dio cuenta que ese había sido su primer viaje fuera de su pueblo, jamás había salido de su pequeño pueblo, anduvo unos pasos pensativo, desenvolvió el cuadro que llevaba bajo el brazo y observo el paisaje que había pintado,  era tan hermoso como el paisaje que había pintado siempre, pero era completamente diferente, tras reflexionar unos instantes, decidió que no quería volver aún, deseaba ver nuevos paisaje y pintarlos.

En el siguiente cruce, no tomó el camino que a su pueblo llevaba si no el que lo llevaría a nuevas tierras, nuevos paisajes y un nuevo destino. Y Julián recorrió pueblos y comarcas, visitaba cementerios, conocía nueva gente y pintaba. Pintaba paisajes que nunca antes había visto, pintaba diferentes estaciones, descubría diferentes tonos de luz.  Cuando le faltaba dinero, vendía alguno de los cuadros y seguía viajando.

Pasaron los años y cierto día Julián sintió deseos de volver. Hizo su pequeña maleta y cargo un carro con los cientos de paisajes que había pintado.

Al llegar a su pueblo, los vecinos tardaron en reconocerlo, pero al hacerlo, se armó tremendo revuelo.

-Ha vuelto Julián-  decían por las calles, con ese cariño que solo la gente de pueblo puede entender.

Cuando Julián mostró sus cuadros, los vecinos quedaron maravillados, que paisajes, que texturas, que colores. La noticia llego a oídos del director de la escuela, que al ver sus cuadros propuso a Julián como profesor de pintura. Y cuando los vio el gobernador dispuso organizar una exposición para exponer tan hermosa obra.

En día que se inauguró la exposición, todo el pueblo estuvo de fiesta, tras el banquete llegó la hora de los discursos, hablaron el director de la escuela, el cura y el gobernador ensalzando las virtudes de Julián como artista.

Cuando Julián se puso en pie para agradecer a sus vecinos tantas muestras de cariño, un vecino le preguntó.

-Julián, ¿Por qué no firmas ninguno de tus cuadros?-

-Verán - dijo Julián, esta vez con la cabeza erguida – es que aún no se leer ni escribir-

Todo el mundo se sorprendió.

-Si sin saber leer ni escribir, te has convertido en tan gran artista… ¿Imagina qué habrías sido si hubieras sabido leer y escribir- dijo un vecino con admiración.


- habría sido enterrador – contestó Julián.






En esta historia yo encuentro dos mensajes.

El primero es que en ocasiones nuestras carencias se convierten en cadenas que no nos dejan desarrollar nuestro verdadero potencial. Pero esas cadenas son mentales, solo están en nuestra imaginación y esos pesados grilletes solo nos los podemos quitar nosotros pues fuimos nosotros quienes nos los colocamos.

El segundo mensaje es para todos aquellos que viven acomodados en lo mucho o poco que ya han conseguido en sus vidas, no tengas miedo a perder aquello que ya tienes, pues perderlo puede ser tu gran oportunidad de conseguir aquello que realmente deseas. 

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